Vocación: ¿Cuándo dejó de ser una posibilidad?

La inmensa mayoría de los jóvenes no se la plantea

No es que la valoren y después la descarten.

No es que tengan dudas.

No es que piensen: “esto no es para mí”.

Es que, sencillamente, ni siquiera aparece en su cabeza como una posibilidad de vida.

Y quienes sí llegan a planteárselo son una minoría muy pequeña.

Lo llamativo es que esto ocurre incluso entre jóvenes católicos.

Chicos y chicas que participan en la Iglesia, que tienen fe, que rezan, que forman parte de grupos o movimientos y que, cuando imaginan su futuro, rara vez incluyen la vida religiosa dentro del abanico de posibilidades.

Siempre otras opciones

Todo eso aparece con naturalidad.

  • Estudiar una carrera.
  • Trabajar.
  • Viajar.
  • Formar una familia.
  • Irse a vivir fuera.
  • Montar algo propio.

 

Pero ser sacerdote, religioso, religiosa o entrar en un monasterio, para la mayoría, ni siquiera entra en escena.

Y quizá ahí tengamos algo sobre lo que pensar.

Porque para poder descubrir que algo es para ti —o que no lo es— primero tiene que existir como posibilidad.

Y alguien tiene que habértela presentado. No como una obligación. No como una presión. No como una decisión que haya que tomar mañana.

Simplemente como una forma posible de vivir.

Quizá nos da miedo plantearlo

Miedo a parecer anticuados. Miedo a condicionar. Miedo a que un joven piense que queremos decidir por él…

Pero plantear una opción no es imponerla.

Es ampliar el horizonte.

A un joven le hablamos de estudios, profesiones, viajes, relaciones, proyectos… ¿Por qué no hablarle también de la posibilidad de entregar su vida de otra manera?

La vida religiosa debería formar parte también de ese momento en el que uno empieza a preguntarse:

¿Qué quiero hacer con mi vida?

Después ya vendrá el discernimiento.

Las dudas.

Las preguntas.

El descubrir si aquello tiene algo que ver contigo o absolutamente nada.

Pero primero tiene que estar ahí. Dentro del espectro de lo posible.

Porque quizá antes de preguntarnos por qué hay pocas vocaciones, tendríamos que hacernos otra pregunta:

¿Cuántos jóvenes han llegado alguna vez a plantearse seriamente esta posibilidad?

Probablemente, muy pocos.

Y es difícil descubrir un camino que nunca nadie te enseñó que existía.

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