¿Y si te equivocas?

Ayer tuve una conversación preciosa con un consagrado.

Hablábamos de ese miedo que tienen muchos jóvenes cuando empiezan a plantearse una posible vocación.

  • ¿Y si entro y luego no es lo mío?
  • ¿Y si me equivoco?
  • ¿Y si doy un paso demasiado grande?


Y, de repente, me di cuenta de algo.


Tenemos auténtico pánico a probar una posible vocación religiosa… y, sin embargo, afrontamos con mucha menos preocupación otras decisiones igual de importantes.


Pensemos, por ejemplo, en el matrimonio.


Conoces a alguien, os enamoráis, hacéis un curso prematrimonial… y os casáis. Y ojalá todo salga bien.


Pero cuando llegan las primeras dificultades, muchas veces estamos bastante solos. Tiramos de buena voluntad, de algún consejo, de lo que hemos visto en casa… y poco más.


En la vida consagrada ocurre casi lo contrario.


Antes de pronunciar un «sí» definitivo pueden pasar entre siete y diez años, o incluso más.
Años de convivencia.
De formación.
De oración.
De acompañamiento personal.
Con un director espiritual. Con una maestra o un maestro de formación.


Y, durante todo ese tiempo, puedes decir con absoluta libertad:
«Gracias. He descubierto que este no es mi camino


¿No resulta curioso?


Nos da miedo empezar un camino del que podemos salir en cualquier momento y, sin embargo, otras decisiones las tomamos con mucho menos acompañamiento y con consecuencias mucho mayores.


Quizá el problema no sea el miedo a equivocarnos.


Quizá sea el miedo a descubrir que Dios, efectivamente, nos está llamando.
Y entonces preferimos no preguntar.
No acercarnos.
No escuchar.


Pero hay algo que tengo clarísimo: Nadie descubre su vocación sin caminar.
Ni la matrimonial.
Ni la sacerdotal.
Ni la vida consagrada.


Si llevas tiempo sintiendo ese «algo» dentro, no tomes hoy una decisión para toda la vida.


Da simplemente el siguiente paso.


Conoce una comunidad.
Habla con un consagrado o una consagrada.
Pregunta.
Déjate acompañar.
Y después… decide.


Porque hay una pregunta mucho más incómoda que ¿Y si me equivoco?.


Y es esta:


¿Y si nunca me atrevo a descubrir el plan que Dios tenía preparado para mí?

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