Hay una diferencia enorme entre admirar algo y amarlo.

Admirar es fácil.

Admiramos a quien corre maratones mientras nosotros seguimos en el sofá.

Admiramos a los misioneros, a los voluntarios, a los santos… y a veces incluso a quienes han entregado toda su vida a Dios.

Pero amar es otra cosa.

Amar siempre acaba implicándote de alguna manera. Y esto tiene mucho que ver con la vocación.

Porque la vocación no consiste en mirar desde la barrera lo que hacen otros y pensar: «qué bonito».

Consiste en preguntarse qué tiene que ver eso conmigo. Qué me está diciendo Dios a través de esas vidas. Qué lugar ocupo yo en todo esto.

Lo pienso muchas veces cuando hablamos de la vida contemplativa.

A casi todo el mundo le parece algo hermoso.

 

«Qué paz.»

«Qué maravilla que recen por nosotros.»

«Qué bien que existan.»

 

Y es verdad.

Pero a veces me pregunto si no nos hemos acostumbrado a contemplarlas como quien contempla una vidriera bonita.

Las admiramos.

Las respetamos.

Pero seguimos nuestro camino.

 

Y, sin embargo, detrás de cada monasterio hay personas concretas.

Mujeres que han entregado toda su vida a Dios.

Mujeres que rezan, trabajan, sostienen comunidades y mantienen vivo un patrimonio espiritual que pertenece a toda la Iglesia.

 

La oración sostiene mucho

Pero no lo sostiene todo.

Porque los monasterios tienen tejados. Tienen facturas. Tienen muros que envejecen. Y sí, también tienen goteras.

A veces hablamos de la vida contemplativa como si fuera algo tan espiritual que no tocara el suelo. Pero la realidad es que esas comunidades viven en edificios concretos, comen alimentos concretos y afrontan dificultades muy concretas.

Por eso querer la vida contemplativa implica también darla a conocer.

Acercarse. Interesarse. Preguntar qué necesitan. Ayudar cuando hace falta.

Porque uno cuida aquello que ama.

Y quizá esta reflexión sirva también para nuestra propia vocación.

 

Porque la fe nunca nos invita a ser espectadores

Nos invita a implicarnos.

A responder.

A descubrir qué parte de la historia nos toca escribir a nosotros.

Y hablando de acercarse…

Dentro de poco os contaré algo que me hace especial ilusión.

Una Ruta del Espíritu que nos permitirá entrar en monasterios, conocer mejor la vida contemplativa, escuchar a quienes la viven y descubrir una realidad que muchos admiramos… pero que muy pocos conocemos de verdad.

Pero eso será otro día.

CLAUNE cuida la vida contemplativa

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