Todavía hay gente que entrega su vida entera

Vivimos en una época donde casi nadie quiere cerrar puertas

El otro día pensaba en esta afirmación. Y es lógico, supongo. Todo cambia rápido. El trabajo, las ciudades, las relaciones, las ideas… hasta el móvil nos dura menos de lo que prometía el anuncio.

Por eso me sigue llamando la atención la vida consagrada.

Mucho.

Porque, sinceramente, hay algo rarísimo hoy en escuchar a alguien decir: Quiero entregar mi vida entera.”

Entera.

No unos años. No “mientras me haga feliz”. No “a ver qué pasa”.

Entera.

Y no hablo de gente perfecta, porque cualquiera que conozca religiosos de cerca sabe que no viven flotando a diez centímetros del suelo precisamente. Hablo de otra cosa. De personas normales que creen que merece la pena vivir para algo más grande que ellas mismas.

 

San Juan Pablo II lo decía

“La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión.”

Y quizá por eso, aunque el mundo vaya por otro lado, seguimos necesitando personas así.

Porque alguien tiene que quedarse cuando todo el mundo se va.

Alguien tiene que escuchar.

Educar.

Acompañar.

Cuidar.

Benedicto XVI hablaba muchas veces de buscar “lo esencial”. Y creo que dio bastante en el clavo.

Porque ahora mismo tenemos muchísimo de todo, pero menos tiempo para pensar qué merece realmente la pena.

Mucho ruido.

Muchísima opinión.

Muchísima prisa.

Y, aun así, sigue habiendo personas que dejan su vida entera en un colegio, en una misión, en una parroquia o en un convento perdido.

 

Francisco definió la vida consagrada:

“Una semilla de esperanza.”

Y me gusta esa imagen porque las semillas no impresionan demasiado al principio. Parecen pequeñas. Incluso inútiles. Hasta que un día entiendes todo lo que sostenían.

Hace poco también el Papa León XIV habló de la vocación como:

“Un camino de belleza.”

Qué expresión tan poco moderna y qué necesaria.

Porque llevamos años escuchando que la felicidad consiste en no depender de nada ni de nadie. Y quizá por eso hay tanta gente agotada.

A lo mejor la alegría no estaba en reservarse siempre una salida.

A lo mejor también existe una alegría profunda en entregarse.

No lo sé.

Pero sí sé una cosa: la vida consagrada sigue haciendo preguntas incómodas.

Y probablemente por eso sigue siendo tan necesaria hoy.

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